
Como una oxidada marioneta camina sin fuerzas, ciega por la espesa niebla que la rodea convirtiéndose en su segunda piel. Es tan densa y húmeda que apenas puede distinguir su propia silueta, mientras camina torpemente pareciese que sus guías estuviesen a punto de romperse y no supiese como mover sus extremidades sin ellas. Es presa de sus propias ataduras. La llamaban la niña triste y como un círculo vicioso del que no puede ni sabe como escapar, ese nombre la entristece sobremanera. No hizo nada para merecerlo y ahora ya no puede desprenderse de él. Viajará como una carga a su espalda hasta que su ansiada Thanatos venga a buscarla y la libere de su infierno.
La niebla es cada vez más densa calándola hasta su alma intacta, sin estrenar. Mil veces la regaló y otras tantas se la devolvieron en su embalaje original sin mirar que escondía aquella pequeña caja azul, que el tiempo ha vuelto negra, tan negra que no soporta más sentirla en el centro de su ser. Cobijada por su propia soledad se la arranca de cuajo. Ya no la necesita. La mira por última vez y sin derramar ni una sola lágrima, la tira en la cuenta. Allí estará segura mientras se hace más y más pequeña con el paso de los días, a la vez que el agujero de su pecho se expande hasta hacerla desaparecer. Pobre niña triste, que solo desea no vivir.